En épocas tan difíciles como ésta,
cuando ya la generación, hija de las pasadas y heredera de sus actos , cae por su propio peso a culpa de sus errores, la voz de Manuel
González Prada (Lima 1848-1918), personaje célebre de nuestra historia, aún
resuena con fuerza. A más de un siglo de su excelsa prédica, lapidaria de toda una progenie vencida y humillada durante la Guerra con
Chile, el significado de su verbo, el valor de sus ideas y, como lo afirmó una vez "El
Amauta", el espíritu de lucha permanece puro para la juventud de ahora. El
ideal de González Prada, representada en sus versos y prosas, se encuentra
todavía vigente; las denuncias ante todo un pueblo en los discursos del Politeama y el Ateneo cobran vida cada día
con más fuerza.
Nuestros antepasados fueron testigos y
a la vez víctimas de su propia pereza moral, así como partícipes de una humillante derrota producto de su misma clase política y de un pueblo servilmente gobernado. El desastre ante
Chile solamente fue la consecuencia final de un proceso marcado por un
derrotero de caudillismo inútiles, deserciones
políticas, corrupción y derroche fiscal. El ideario de González Prada
trasciende el panorama existente de su
época, la cual esperaba solamente una reconstrucción nacional a base de un
continuismo dado por las circunstancias:
Prada buscaba una revancha contra el mismo espíritu que
provocó el desastre nacional. No soñaba con un Perú libre de ataduras;
buscaba aquel Perú que fuera capaz de
salir adelante y ser el forjador de su
propio destino, rompiendo definitivamente con el pasado.
Culpó de retrógrados e ineptos a la
clase dirigente de su tiempo, pues aquélla llevó al país su declive;
denunció a los románticos de su época,
incluyendo al ilustre Ricardo Palma, tildándolos de leguleyos amorosos y sensibles
creadores de mitos que en nada apoyaban a la fatídica realidad; apostó por el
positivismo y cientificismo, pues creyó firmemente que eran la base de un
porvenir mejor en comparación a las naciones europeas de entonces; militó en
las facciones anarquistas y radicales pues desconfió firmemente de la política
de los gobernantes causantes de la derrota.
Hace más de un siglo se inició la
reivindicación indigenista en un Estado que poco o nada había hecho desde su
emancipación respecto a la cuestión del poblador autóctono: el indio. Es
importante resaltar el pronunciamiento de Prada quien fue una de las primeras
voces en reclamar y ensalzar por una
igualdad social. Debemos de tener en cuenta que
su prédica fue inspiradora para las generaciones venideras cuyo fruto se
puede apreciar en las vidas de Mariátegui y Arguedas; la primera mitad del
siglo 20 es testigo de esta transformación social, política y económica en
favor del indígena. Hoy el panorama nacional, aunque cuente aún con
fragmentaciones sociales, es distinto.
González Prada fue un conocedor de la realidad mundial, tuvo siempre en
mente los ejemplos del extranjero en donde poco a poco se
rompían las desigualdades y se avanzaba
a la modernidad: las naciones europeas
habían avanzado de un pensamiento feudal a uno moderno. En el Perú la
existencia del gamonalismo y la servidumbre eran la tara que carcomía al
indígena.
Hoy aunque su nombre sea desconocido
por gran parte de la población, sus palabras y hechos siguen vigentes. La
revancha contra el mismo espíritu que abatió a toda una generación está dada:
guerras, conflictos sociales y políticos en aras de una nación fuerte y unida
muestra sus frutos. La reivindicación hacia una raza milenaria, fuerte y mítica está en su punto
más fuerte. Se ha avanzado mucho desde entonces: inclusión social,
participación en la política, grandes progresos económicos, creación de una
sólida cultura, expansión en la capital, demuestran la mejora de los
descendientes de un pueblo que fue
ignorado por años.
Han
pasado más de 100 años desde que González Prada se paró en frente de una multitud
de gente rica y poderosa para dar su famoso discurso en pro de un país
desmoralizado por la derrota y dividido socialmente dejando en el olvido parte
de su ser. El conocimiento sobre el discurso en el
Politeama dejó es parte de la identidad nacional. Su lapidarias frases demuestran
el fervor de un hombre que buscó lo mejor para su país
en el peor momento de su historia, sin embargo sus ideales permanecen vivos el
día de hoy. El discurso en el Politeama a pesar de su corta extensión es una
muestra de sapiencia, amor por la patria,
conciencia nacional, y el deseo de un hombre por despertar en la
juventud, "juventud que logrará lo que sus padres no lo hicieron", el
deseo de grandeza para la nación. "¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a
la obra!", estas palabras aún resuenan en el tiempo.